No.
Ni aun agora he despertado;
que según, Clotaldo, entiendo,
todavía estoy durmiendo,
y no estoy muy engañado;
porque si ha sido soñado
lo que vi palpable y cierto,
lo que veo será incierto;
y no es mucho que, rendido,
pues veo estando dormido,
que sueñe estando despierto.
Calderón de la Barca: La vida es sueño
jueves, marzo 30, 2006
miércoles, marzo 29, 2006
I
Guillén se levantó, abrió los ojos, se volvió a dormir, se dijo, solo a sido un sueño, recuperó la respiración, volvió a abrir los ojos, no había sido un sueño. No había sido nada, pero algo rondaba por su cabeza, algo distinto e irreconocible le había pasado al aire que rodeaba la cama aquella mañana.
Fue directamente a la ducha sin antes siquiera pasar un momento por la nevera, lo que no suele ser lo habitual en él, porque él, siempre se levanta hambriento pero hoy, hoy era diferente.
Hoy en el portal se sorprendió por primera vez de la enorme distancia que tenía desde su puerta hasta el ascensor. Es extraño. Volvió sobre sus pasos, cinco pasos. Contó.
Hoy el ascensor tardó una barbaridad en llegar hasta la planta baja y allí estaba esperándole la vecina del segundo A escalera derecha, que acaba de casar a su hija la mayor con un cirujano, tiene una ligera depresión y se hace demasiadas preguntas sobre la vida en común con Antonio, un transportista jubilado y bonachón aficionado a la caza y a los perros de raza, pero ella esta muy triste, por eso le dijo: "No suba por el ascensor, tardará mucho, mejor hoy, hágalo por las escaleras".
Al salir fuera los árboles de delante de la casa se le presentaron anormalmente descomunales, toda la calle era enorme, gigantesca.
–Todavía estoy cansado– pensó.
La gente que estaba andando por la calle lo hacia excesivamente rápido, hoy todos iban con muchísima prisa.
Al doblar la primera esquina se encontró de frente con el quiosco que hay en el cruce de Carmelitas con la Plaza de la Fuente, en la portada del periódico el mundo aparecía la foto de un hombre destrozado por la explosión de una bomba en un atentado terrorista en Nueva Delhi.
Guillén se fue acercando poco a poco hasta la altura en la que se encontraba el periódico, de repente se sintió incomprensiblemente asustado. Con mucho cuidado cogió el periódico de la estantería. Inexorablemente fue dejando que pasaran las primeras hojas hasta que llegó a la noticia del atentado. La mitad seccionada del cuerpo de un hombre aparecía tirada en la acera a la puerta de un templo dedicado a la diosa Ghana. De ahí hasta donde estaba la cabeza había esparcido por toda la calle un reguero de pequeños trozos de vísceras, sangre, ropa quemada, ceniza, vapor de agua, un zapato negro, mechones de pelo, cascotes y otro zapato negro.
Fue directamente a la ducha sin antes siquiera pasar un momento por la nevera, lo que no suele ser lo habitual en él, porque él, siempre se levanta hambriento pero hoy, hoy era diferente.
Hoy en el portal se sorprendió por primera vez de la enorme distancia que tenía desde su puerta hasta el ascensor. Es extraño. Volvió sobre sus pasos, cinco pasos. Contó.
Hoy el ascensor tardó una barbaridad en llegar hasta la planta baja y allí estaba esperándole la vecina del segundo A escalera derecha, que acaba de casar a su hija la mayor con un cirujano, tiene una ligera depresión y se hace demasiadas preguntas sobre la vida en común con Antonio, un transportista jubilado y bonachón aficionado a la caza y a los perros de raza, pero ella esta muy triste, por eso le dijo: "No suba por el ascensor, tardará mucho, mejor hoy, hágalo por las escaleras".
Al salir fuera los árboles de delante de la casa se le presentaron anormalmente descomunales, toda la calle era enorme, gigantesca.
–Todavía estoy cansado– pensó.
La gente que estaba andando por la calle lo hacia excesivamente rápido, hoy todos iban con muchísima prisa.
Al doblar la primera esquina se encontró de frente con el quiosco que hay en el cruce de Carmelitas con la Plaza de la Fuente, en la portada del periódico el mundo aparecía la foto de un hombre destrozado por la explosión de una bomba en un atentado terrorista en Nueva Delhi.
Guillén se fue acercando poco a poco hasta la altura en la que se encontraba el periódico, de repente se sintió incomprensiblemente asustado. Con mucho cuidado cogió el periódico de la estantería. Inexorablemente fue dejando que pasaran las primeras hojas hasta que llegó a la noticia del atentado. La mitad seccionada del cuerpo de un hombre aparecía tirada en la acera a la puerta de un templo dedicado a la diosa Ghana. De ahí hasta donde estaba la cabeza había esparcido por toda la calle un reguero de pequeños trozos de vísceras, sangre, ropa quemada, ceniza, vapor de agua, un zapato negro, mechones de pelo, cascotes y otro zapato negro.
martes, marzo 28, 2006
II
Guillén descubrió ese día que es una distancia infinita la que separa aquel quiosco y la Puerta Zamora. Que para un simple mortal como él, que acababa de desprenderse del vientre de algo, sólo un sueño, era imposible contener esa brecha de una sola vez. Más aún si los rostros de sus sueños, de todos los sueños, de los sueños de todo el mundo, se cruzan en su camino.
Se detuvo un instante. A esta altura debía haber una tienda de cómics y se detuvo porque hoy esos rostros le miraban directamente, le acusaban de algo. Pasaban a su lado. “¿Quién te crees que eres para escapar de un sueño?” Como si se encontrara aún sumido en un retazo de locura, observó a cada lado las figuras borrosas que avanzaban en su contra, que le dejaban atrás, que incluso le rozaban el brazo.
Se nublaban sus ojos pero seguía despierto. Otra vez en el estómago esa sensación de vacío, ese pinchazo en la nuca, ese aire que no llega a los pulmones.
—Debes estar teniendo un ataque de ansiedad. Paranoico— pensó.
Pero como esas cosas sólo le ocurren a algunas mujeres, Guillén no iba a permitirse que aquella sensación de pánico le venciera, no iba a salir corriendo sin mirar a nadie, y no iba a delatar que eso era precisamente lo que estaba pensando hacer. Se convenció de que analizando los rostros a su paso podría avanzar. Y casi lo consiguió.
Una chica con coleta, un negro con una caja, un chino al otro lado. Gira su cabeza de un lado a otro mientras camina. “¿Por qué me miran?” Una niña, una abuela con la niña, un perro con un hombre mayor, un mendigo. “Siguen mirando”. Un ejecutivo, una pareja, un asiático. “A ti te vi antes, ibas detrás del negro con la caja.” Un estudiante, un hombre corriendo en pantalón corto. Otro chino.
A medio camino Guillén decidió parar. Tanto esfuerzo mental le había agotado. De repente notó el olor a café, así que entró y pidió lo que sabía que le haría despertar: una cerveza.
En aquel sitio se encontró tranquilo. Se acodó en la barra. Nadie le prestaba atención. Demasiada gente, demasiado ocupados. Procuró descender el ritmo de sus pulsaciones, sofocar el escalofrío anclado en su espina dorsal. Se ocupó en mantener la máxima superficie de sus dedos temblorosos en contacto con el frío del cristal de la jarra. Colocó los dedos uno a uno. Primero una mano, desde el índice hacia atrás. Luego los separó en sentido contrario. Ahora la otra mano.
De la mesa del fondo se levantó un hombre. Se había fijado antes en él (menudas orejas). Ahora el hombre le hablaba. Guillén vió detenido su experimento en el dedo anular.
—Que si me pasas el Marca.
No comprendió a la primera, así que el hombrecillo de las orejas le sonrió, y señaló algo al otro lado con un movimiento de sus también enormes cejas. Bajo su brazo derecho, Guillén custodiaba sin saberlo la pila de periódicos del día.
Dejó de sentir el frío en sus dedos. Dejó incluso de sentir sus dedos. Dejó de sentir todo lo que no fuera aquella náusea que le invadió cuando al apartar su brazo derecho reconoció la foto, los cascotes, la ceniza, el zapato negro, la sangre.
Se detuvo un instante. A esta altura debía haber una tienda de cómics y se detuvo porque hoy esos rostros le miraban directamente, le acusaban de algo. Pasaban a su lado. “¿Quién te crees que eres para escapar de un sueño?” Como si se encontrara aún sumido en un retazo de locura, observó a cada lado las figuras borrosas que avanzaban en su contra, que le dejaban atrás, que incluso le rozaban el brazo.
Se nublaban sus ojos pero seguía despierto. Otra vez en el estómago esa sensación de vacío, ese pinchazo en la nuca, ese aire que no llega a los pulmones.
—Debes estar teniendo un ataque de ansiedad. Paranoico— pensó.
Pero como esas cosas sólo le ocurren a algunas mujeres, Guillén no iba a permitirse que aquella sensación de pánico le venciera, no iba a salir corriendo sin mirar a nadie, y no iba a delatar que eso era precisamente lo que estaba pensando hacer. Se convenció de que analizando los rostros a su paso podría avanzar. Y casi lo consiguió.
Una chica con coleta, un negro con una caja, un chino al otro lado. Gira su cabeza de un lado a otro mientras camina. “¿Por qué me miran?” Una niña, una abuela con la niña, un perro con un hombre mayor, un mendigo. “Siguen mirando”. Un ejecutivo, una pareja, un asiático. “A ti te vi antes, ibas detrás del negro con la caja.” Un estudiante, un hombre corriendo en pantalón corto. Otro chino.
A medio camino Guillén decidió parar. Tanto esfuerzo mental le había agotado. De repente notó el olor a café, así que entró y pidió lo que sabía que le haría despertar: una cerveza.
En aquel sitio se encontró tranquilo. Se acodó en la barra. Nadie le prestaba atención. Demasiada gente, demasiado ocupados. Procuró descender el ritmo de sus pulsaciones, sofocar el escalofrío anclado en su espina dorsal. Se ocupó en mantener la máxima superficie de sus dedos temblorosos en contacto con el frío del cristal de la jarra. Colocó los dedos uno a uno. Primero una mano, desde el índice hacia atrás. Luego los separó en sentido contrario. Ahora la otra mano.
De la mesa del fondo se levantó un hombre. Se había fijado antes en él (menudas orejas). Ahora el hombre le hablaba. Guillén vió detenido su experimento en el dedo anular.
—Que si me pasas el Marca.
No comprendió a la primera, así que el hombrecillo de las orejas le sonrió, y señaló algo al otro lado con un movimiento de sus también enormes cejas. Bajo su brazo derecho, Guillén custodiaba sin saberlo la pila de periódicos del día.
Dejó de sentir el frío en sus dedos. Dejó incluso de sentir sus dedos. Dejó de sentir todo lo que no fuera aquella náusea que le invadió cuando al apartar su brazo derecho reconoció la foto, los cascotes, la ceniza, el zapato negro, la sangre.
lunes, marzo 27, 2006
III
Un sabor amargo en la boca. Despierto pero no sé si he despertado. A veces vuelvo del sueño y el sueño me sigue, salta a donde ya no es su sitio. No sé. Me levanto y paso de largo la cocina. Tengo sed, no me ha llamado en dos días. Dos días duran mucho tiempo.
En la ducha, he buscado detrás, recordar el sueño con los ojos cerrados, pero nada. Espacio oscuro sin signos. Cuando el agua ya me quema he abierto los ojos y me he enjabonado etcétera. Se me hace tarde y tengo un extraño dolor de cabeza.
En la calle decido comprar el periódico, no acostumbro a hacerlo, tal vez algún día por impulso como hoy. Me acerco, hay dos chicas comprando golosinas. Miro el periódico y veo la cabecera, la foto confusa. Abro el periódico y paso páginas, las niñas no se deciden y siguen pidiendo de esto y de aquello. Miro la foto detenidamente, tengo no sé, me siento extraño porque no entiendo las cosas. Hoy no voy a comprar el periódico. Tres calles después decido dar un rodeo, me da pereza llegar al trabajo. Creo que hoy va a hacer bueno, aunque una lluvia fina moja un poco el ambiente. Pasará, como este sabor de boca del sueño que me ha quedado. Pienso en eso y en las ganas de que vuelvan las vacaciones.
Despierto, ya es muy de día y no consigo salir del sueño. Tira de mí de esa manera, pero tengo mucho que hacer, tengo que salir a la calle, tengo que adelantar trabajo aunque sea sábado. No quiero ni acercarme por allí el domingo. Con mucho trabajo me incorporo y pongo música, me tumbo de nuevo, intento recordar el sueño. No. Me visto de cualquier manera y me preparo un té. Este café es tan malo, llevo seis meses aquí y sólo hemos hablado una vez, al principio. Espero el autobús, miro, me bajo dos paradas antes para pasear un poco, desentumecer las piernas. Sigo por High Street hacia la oficina, pero no estoy bien, estoy cansado. Ron me llama, quiere que quedemos a la tarde, unas chicas, no sé muy bien, pero le digo que vale. La soledad es un animal mutante. No estoy seguro de que todo esto vaya a salir bien.
En la ducha, he buscado detrás, recordar el sueño con los ojos cerrados, pero nada. Espacio oscuro sin signos. Cuando el agua ya me quema he abierto los ojos y me he enjabonado etcétera. Se me hace tarde y tengo un extraño dolor de cabeza.
En la calle decido comprar el periódico, no acostumbro a hacerlo, tal vez algún día por impulso como hoy. Me acerco, hay dos chicas comprando golosinas. Miro el periódico y veo la cabecera, la foto confusa. Abro el periódico y paso páginas, las niñas no se deciden y siguen pidiendo de esto y de aquello. Miro la foto detenidamente, tengo no sé, me siento extraño porque no entiendo las cosas. Hoy no voy a comprar el periódico. Tres calles después decido dar un rodeo, me da pereza llegar al trabajo. Creo que hoy va a hacer bueno, aunque una lluvia fina moja un poco el ambiente. Pasará, como este sabor de boca del sueño que me ha quedado. Pienso en eso y en las ganas de que vuelvan las vacaciones.
Despierto, ya es muy de día y no consigo salir del sueño. Tira de mí de esa manera, pero tengo mucho que hacer, tengo que salir a la calle, tengo que adelantar trabajo aunque sea sábado. No quiero ni acercarme por allí el domingo. Con mucho trabajo me incorporo y pongo música, me tumbo de nuevo, intento recordar el sueño. No. Me visto de cualquier manera y me preparo un té. Este café es tan malo, llevo seis meses aquí y sólo hemos hablado una vez, al principio. Espero el autobús, miro, me bajo dos paradas antes para pasear un poco, desentumecer las piernas. Sigo por High Street hacia la oficina, pero no estoy bien, estoy cansado. Ron me llama, quiere que quedemos a la tarde, unas chicas, no sé muy bien, pero le digo que vale. La soledad es un animal mutante. No estoy seguro de que todo esto vaya a salir bien.
domingo, marzo 26, 2006
IV
Una nueva ciudad. Hace tiempo que lo busco. ¿Te acuerdas Elías? Sé lo que estarás pasando, casi te puedo ver, yo también me acuerdo de ti.
Eres un pobre insecto y estas solo. Habrás salido de su agujero esta misma mañana, estarás confuso, terriblemente asustado. Todo a su alrededor ha cambiado pero él no sabe lo que es. Elías.
—Aún es pronto, ¿adónde te crees que vas?, ¿es que acaso pensabas que podrías escapar de mí?, ¿de tu destino? Eso es imposible, no lo intentes siquiera. No intentes cruzar la calle, los coches van muy rápido, no quieras entender tus sensaciones, son muy rápidas para tu pequeño cerebro de polilla, tus pensamientos se agrandan y te devoran. ¿De dónde han salido todas esas imágenes? Oh! mi pequeño insecto.
—Escucha Elías, casi puedo oler su miedo, ahora es posible que se detenga en medio de la calle y elija la opción más fácil, los insectos sois tan imprevisibles.
—Sí, mi pequeña cucaracha diabólica, una cervecita es lo mejor. Es posible que tú seas el tipo que tengo a mi lado, aquí, en la barra de este bar, mientras me tomo mi café, no lo sé.
—Mi querido Elías, te escribo con la esperanza de que comprendas al fin. Has de entenderlo todo desde su comienzo, ya sé que todo esto te parecerá fruto de la casualidad y que es imposible. Recuerda Elías, acuérdate de mí. Yo soy la araña, y el es mi insecto, voy dejando mis pistas, este es mi nuevo territorio de caza.
—A veces puedo ver lo que tú sientes, durante una centésima de segundo pero para mi es suficiente. Necesitas un poquito de aire, mi pequeña hormiga huérfana. Necesitas luz y viento y has pensado en irte a un parque, pero a cual. Veamos en este mapa de tu ciudad, tenemos el parque de San Francisco, o quizás en el parque de la Alamedilla, espera. Los hijos de la compañía de Jesús dejaron en la ciudad uno de sus enrevesados entretenimientos ajardinados.
—¿Has visto mi querido Elías?, nada bueno puedes esperar de los jesuitas.
Me adelanto al insecto porque yo sé a donde voy y él lo está persiguiendo. El parque esta vacío, son solo las once de la mañana, voy dejando caer mis hilos de seda por aquí y por allí, en la puerta, entre los árboles, al lado del quiosco, en la otra entrada y en la otra y en la otra, en la salida. ¿Por dónde vendrá? Te confieso querido que es en este momento cuando siempre me da por pensar en tonterías, me imagino mi vida de otra manera, con este tipo, quizás. ¿Te lo puedes creer mi amor? Como si no supiera quien soy, como si de verdad creyera que podrá ser de otra manera. No, Elías. ¿No me dices nada? Perdona, se me olvidaba que no me puedes responder, que esto es una carta que te estoy escribiendo y que nunca te mandare, que esto no es Londres, se me olvidaba que... ¡Calla! Ya lo noto, los hilos están vibrando, viene de ahí abajo, noto la tensión, notas mi excitación, cariño.
—Si no fueras una pobre cucaracha confundida que se cree un hombre que se cree con derecho a mirar donde no debe, si de verdad te vieras como yo te veo, si fueras consciente de tu naturaleza de insecto con tus auténticos limites y te conformaras con tu vida en tu hormiguero, entonces quizás tuvieras una oportunidad.
—Qué extraña vanidad la de los hombres. ¿Por qué siempre optáis por creer que sois vosotros el punto de equidistancia sobre el que gira todo el firmamento?
—Ahora lo puedo ver. Oh! Elías mi amor, si supieras cuanto me recuerda a ti:
Tu misma figura, tus mismas manos— cuánto dicen las manos de una persona mi querido Elías— la misma expresión atribulada y esa especie de pudor ambiguo cuando me pide permiso para sentarse a mi lado, en el mismo banco que yo ocupo en el centro del parque de los jesuitas.
Eres un pobre insecto y estas solo. Habrás salido de su agujero esta misma mañana, estarás confuso, terriblemente asustado. Todo a su alrededor ha cambiado pero él no sabe lo que es. Elías.
—Aún es pronto, ¿adónde te crees que vas?, ¿es que acaso pensabas que podrías escapar de mí?, ¿de tu destino? Eso es imposible, no lo intentes siquiera. No intentes cruzar la calle, los coches van muy rápido, no quieras entender tus sensaciones, son muy rápidas para tu pequeño cerebro de polilla, tus pensamientos se agrandan y te devoran. ¿De dónde han salido todas esas imágenes? Oh! mi pequeño insecto.
—Escucha Elías, casi puedo oler su miedo, ahora es posible que se detenga en medio de la calle y elija la opción más fácil, los insectos sois tan imprevisibles.
—Sí, mi pequeña cucaracha diabólica, una cervecita es lo mejor. Es posible que tú seas el tipo que tengo a mi lado, aquí, en la barra de este bar, mientras me tomo mi café, no lo sé.
—Mi querido Elías, te escribo con la esperanza de que comprendas al fin. Has de entenderlo todo desde su comienzo, ya sé que todo esto te parecerá fruto de la casualidad y que es imposible. Recuerda Elías, acuérdate de mí. Yo soy la araña, y el es mi insecto, voy dejando mis pistas, este es mi nuevo territorio de caza.
—A veces puedo ver lo que tú sientes, durante una centésima de segundo pero para mi es suficiente. Necesitas un poquito de aire, mi pequeña hormiga huérfana. Necesitas luz y viento y has pensado en irte a un parque, pero a cual. Veamos en este mapa de tu ciudad, tenemos el parque de San Francisco, o quizás en el parque de la Alamedilla, espera. Los hijos de la compañía de Jesús dejaron en la ciudad uno de sus enrevesados entretenimientos ajardinados.
—¿Has visto mi querido Elías?, nada bueno puedes esperar de los jesuitas.
Me adelanto al insecto porque yo sé a donde voy y él lo está persiguiendo. El parque esta vacío, son solo las once de la mañana, voy dejando caer mis hilos de seda por aquí y por allí, en la puerta, entre los árboles, al lado del quiosco, en la otra entrada y en la otra y en la otra, en la salida. ¿Por dónde vendrá? Te confieso querido que es en este momento cuando siempre me da por pensar en tonterías, me imagino mi vida de otra manera, con este tipo, quizás. ¿Te lo puedes creer mi amor? Como si no supiera quien soy, como si de verdad creyera que podrá ser de otra manera. No, Elías. ¿No me dices nada? Perdona, se me olvidaba que no me puedes responder, que esto es una carta que te estoy escribiendo y que nunca te mandare, que esto no es Londres, se me olvidaba que... ¡Calla! Ya lo noto, los hilos están vibrando, viene de ahí abajo, noto la tensión, notas mi excitación, cariño.
—Si no fueras una pobre cucaracha confundida que se cree un hombre que se cree con derecho a mirar donde no debe, si de verdad te vieras como yo te veo, si fueras consciente de tu naturaleza de insecto con tus auténticos limites y te conformaras con tu vida en tu hormiguero, entonces quizás tuvieras una oportunidad.
—Qué extraña vanidad la de los hombres. ¿Por qué siempre optáis por creer que sois vosotros el punto de equidistancia sobre el que gira todo el firmamento?
—Ahora lo puedo ver. Oh! Elías mi amor, si supieras cuanto me recuerda a ti:
Tu misma figura, tus mismas manos— cuánto dicen las manos de una persona mi querido Elías— la misma expresión atribulada y esa especie de pudor ambiguo cuando me pide permiso para sentarse a mi lado, en el mismo banco que yo ocupo en el centro del parque de los jesuitas.
sábado, marzo 25, 2006
V
Guillén lo supo aquel día cuando salió del bar. Era pieza de un engranaje que jamás iba a comprender.
Escudriñándole a través del cristal, el camarero y el hombre de las grandes orejas comentaban lo extraño de aquel tipo, que se había levantado como accionado por un resorte y se había precipitado hacia la salida derribando a su paso el taburete.
Sabiéndose observado, Guillén sintió de pronto frío y apretó contra sí el periódico del día escondido bajo la gabardina. No sabía dónde ir. No sabía qué hacer. Necesitaba hablar con alguien pero ni siquiera sabía por qué.
—Cálmate, Guillén— dijo en voz alta, creyendo que escuchar su propio nombre le haría despertar.
Recordó que un amigo suyo contaba cómo cada noche, justo antes de caer dormido, oía su nombre seguido de algo que no llegaba a entender. Pensó que había bebido, y era cierto. Pero en aquel momento le creyó con todas sus fuerzas y necesitó hablar con él.
—Tengo que buscar a Luis— sabía que a esa hora estaría borracho, y además sabía dónde encontrarle. Pero el parque estaba lejos. Así que esperó dócilmente. Cerró los ojos con fuerza y tarareó mentalmente una canción.
Ese mismo día, Andrés, un vendedor de seguros afable y despreocupado, tuvo que coger el autobús para ir al trabajo. A medio trayecto, sostuvo la mirada llena de furia de un pasajero sentado delante de él. Pensó que estaba desquiciado. No le habría dado importancia de no ser por el escalofrío que le contagió y que no pudo sacarse de encima en toda la mañana. Más tarde recordó su mirada y derramó sin querer la sopa que su mujer le servía.
Guillén ni siquiera fue consciente de que había abierto los ojos hasta que se dio cuenta de que ya no quedaba nadie en el autobús. Se sintió avergonzado. Tuvo miedo y prisa. Aquélla era su parada, la última.
A la entrada del parque, junto al quiosco, había una pareja besándose. Deseó cambiarse por él, quitarle su suerte a aquel chico y meterle en la piel enferma del Guillén que aprieta un periódico como salvavidas, que arranca hojas de un arbusto mientras observa a una pareja.
Extrañamente, Guillén se sintió cómodo al entrar en el jardín. Dejó de oír su corazón y su respiración por encima de los ruidos de la calle. Comenzó a recorrerlo dejándose guiar por sus pasos, acariciando los árboles en su camino. No supo bien hacia dónde iba hasta que se encontró parado en mitad del parque. Allí, sentada en un banco, le esperaba una mujer. Con un hilo de voz, arrastrando inseguro un cierto tono de súplica y docilidad, pidió permiso para sentarse a su lado.
Escudriñándole a través del cristal, el camarero y el hombre de las grandes orejas comentaban lo extraño de aquel tipo, que se había levantado como accionado por un resorte y se había precipitado hacia la salida derribando a su paso el taburete.
Sabiéndose observado, Guillén sintió de pronto frío y apretó contra sí el periódico del día escondido bajo la gabardina. No sabía dónde ir. No sabía qué hacer. Necesitaba hablar con alguien pero ni siquiera sabía por qué.
—Cálmate, Guillén— dijo en voz alta, creyendo que escuchar su propio nombre le haría despertar.
Recordó que un amigo suyo contaba cómo cada noche, justo antes de caer dormido, oía su nombre seguido de algo que no llegaba a entender. Pensó que había bebido, y era cierto. Pero en aquel momento le creyó con todas sus fuerzas y necesitó hablar con él.
—Tengo que buscar a Luis— sabía que a esa hora estaría borracho, y además sabía dónde encontrarle. Pero el parque estaba lejos. Así que esperó dócilmente. Cerró los ojos con fuerza y tarareó mentalmente una canción.
Ese mismo día, Andrés, un vendedor de seguros afable y despreocupado, tuvo que coger el autobús para ir al trabajo. A medio trayecto, sostuvo la mirada llena de furia de un pasajero sentado delante de él. Pensó que estaba desquiciado. No le habría dado importancia de no ser por el escalofrío que le contagió y que no pudo sacarse de encima en toda la mañana. Más tarde recordó su mirada y derramó sin querer la sopa que su mujer le servía.
Guillén ni siquiera fue consciente de que había abierto los ojos hasta que se dio cuenta de que ya no quedaba nadie en el autobús. Se sintió avergonzado. Tuvo miedo y prisa. Aquélla era su parada, la última.
A la entrada del parque, junto al quiosco, había una pareja besándose. Deseó cambiarse por él, quitarle su suerte a aquel chico y meterle en la piel enferma del Guillén que aprieta un periódico como salvavidas, que arranca hojas de un arbusto mientras observa a una pareja.
Extrañamente, Guillén se sintió cómodo al entrar en el jardín. Dejó de oír su corazón y su respiración por encima de los ruidos de la calle. Comenzó a recorrerlo dejándose guiar por sus pasos, acariciando los árboles en su camino. No supo bien hacia dónde iba hasta que se encontró parado en mitad del parque. Allí, sentada en un banco, le esperaba una mujer. Con un hilo de voz, arrastrando inseguro un cierto tono de súplica y docilidad, pidió permiso para sentarse a su lado.
viernes, marzo 24, 2006
VI
Como quien sueña una música, como quien lee en el sueño las líneas de un libro que no se ha escrito, así se encontraron. ¿Sería él entonces quién escribió ese libro en su sueño?, ¿se deshará la mujer al tocarla? El Parque Botánico de Oxford se extiende a la derecha de High Street, después de cruzar el puente de la Magdalena. No lo visita mucha gente, y tienes que pagar para entrar. Hace sol, pero en el Parque Botánico de Edimburgo llueve a mares, en una cafetería rodeada de ventanas y vegetación que es enorme, con mesas de estación de autobuses. La cafetería de la estación de autobuses de Tasco no tiene ningún carácter, el café en México es un brebaje horrible, una infusión de agua sucia, no sé que le echan al expresso para que tampoco se parezca al café que dan en Coimbra, en cuyo Parque Botánico, salvaje y hermoso, desordenado como los recuerdos, es fácil perderse.
Camino, voy de aquí allá sin prestar mucha atención y muy temprano. Llego a sitios que no conozco, doblo en una calle sin saber a dónde lleva. No importa, como intento comprender este país extraño intento entender las demás cosas. Qué impulsa a la gente. La mañana arrastra en silencio a mis sueños, los ensucia, deja en mitad de la realidad a esa mujer que me habla, que me encuentra cuando me incorporo un paso más allá del sueño y sigo caminando. Me agarra de la mano, siempre está ahí y es una sombra en mi cerebro, el miedo a seguir solo. El mundo es limitado y camino fuera de él por un parque que son todos los parques, los lugares en los que he conocido. La mujer del sueño es parte de mi, mi vida cotidiana, y me habla con ese cariño de las parejas de viejecitos, de los años pasados a través de nosotros mismos, desde un punto de la realidad hasta estos sueños en los que me siento a gusto.
Me dice que tengo los dientes manchados de café. Me río intentado cerrar los labios, pero me sale mal y me río más. Te digo:
—Vámonos de aquí, tiene que haber algún sitio ahí afuera en donde nos den un café mejor.
—Mejor que qué.
Cuando despierte en este parque estaré solo. La voz que retumbaba en la realidad del sueño habrá parado.
Camino, voy de aquí allá sin prestar mucha atención y muy temprano. Llego a sitios que no conozco, doblo en una calle sin saber a dónde lleva. No importa, como intento comprender este país extraño intento entender las demás cosas. Qué impulsa a la gente. La mañana arrastra en silencio a mis sueños, los ensucia, deja en mitad de la realidad a esa mujer que me habla, que me encuentra cuando me incorporo un paso más allá del sueño y sigo caminando. Me agarra de la mano, siempre está ahí y es una sombra en mi cerebro, el miedo a seguir solo. El mundo es limitado y camino fuera de él por un parque que son todos los parques, los lugares en los que he conocido. La mujer del sueño es parte de mi, mi vida cotidiana, y me habla con ese cariño de las parejas de viejecitos, de los años pasados a través de nosotros mismos, desde un punto de la realidad hasta estos sueños en los que me siento a gusto.
Me dice que tengo los dientes manchados de café. Me río intentado cerrar los labios, pero me sale mal y me río más. Te digo:
—Vámonos de aquí, tiene que haber algún sitio ahí afuera en donde nos den un café mejor.
—Mejor que qué.
Cuando despierte en este parque estaré solo. La voz que retumbaba en la realidad del sueño habrá parado.
jueves, marzo 23, 2006
VII
En su cara se podría adivinar toda la mañana por la que ha transcurrido la vida desde que se ha levantado de la cama.
Si me fijo mucho podré llegar a descubrir si lo de tus dientes es café con leche, o solo con doble de azúcar y un bombón de esos que ponen para acompañar en algunas cafeterías.
Me llevo a Guillén a una terraza dentro del mismo parque. Se deja llevar por mí, sumiso y complacido, hasta una terraza que hay en el centro de equidistancias del parque, del parque de los jesuitas. Hace un poco de frío en la terraza.
En la terraza hay exactamente medio grado de temperatura menos siempre, es posible que no lo notes pero tu cuerpo seguro que sí.Yo pido un té y tú pides una cerveza. Permanecemos un tiempo en silencio, los dos. Tú me miras de soslayo pero no dices nada. No sabemos muy bien porque estamos aquí, aunque sí intuyo que es aquí donde debemos estar, en el lugar preciso, en el momento exacto y estamos juntos, así que dejo que el tiempo pase, quiero saborear mi infusión con calma.
Ahora me estás mirando con una mirada tan sincera y desvalida que me obligas a recordar mi naturaleza. No puedo evitar que me atrape un profundo sentimiento de lastima, pero no hay tiempo:
—Imagina a un pequeño mamífero, Guillén, algo parecido al hombre pero en pequeño. Imagina un murciélago. Imagina lo que ve un murciélago. ¿Has pensado alguna vez lo que ve un pequeño ser que no tiene tus ojos?, que no capta ningún tipo de luz. Un ser que esta hecho de lo que tu estas hecho, pero que pesa mil veces menos y es capaz de atrapar a una mosca que no ve, en el aire, volando a treinta metros del suelo? ¿Qué es lo que ve un ser que no ve nada y lo ve todo mejor que nadie? ¿Existen las estrellas para un murciélago? ¿Cómo ve la vida que no tiene color ni volumen ni perspectiva?
—No lo sé, nunca me he parado a pensarlo.
—Mira a una hormiga, ella no te ve, pero si mueves el aire de su alrededor y te acercas y cambias la química de su espacio, por pequeño que esto sea, entonces te verá. ¿Pero como?, ¿lo has pensado alguna vez?
—Nunca, me habían interesado esas cosas. Yo: soy una persona normal.
—Las plantas son la mayor parte de la masa orgánica de la tierra, son la vida de la tierra, los demás somos sus parásitos ¿Qué es lo que siente una planta? ¿qué es lo que siente un organismo unicelular?
—La verdad es que hasta el día de hoy no me le había dado importancia pero, ahora que lo dices.
—¿Por qué me mientes, Guillén?
—Yo, no…
—No me des coba o no lo entenderás, tienes que entenderlo Guillen, haz un esfuerzo.
—Yo...
—¡Tú! Hay tortugas que son capaces de saber siempre en que parte del globo se encuentran, ¿cómo siente el magnetismo la tortuga?
—Las tortugas dices…
—¿Qué es lo que siente un niño siendo un feto dentro de su madre? ¿Cuando podemos decir que el feto empieza a sentir? ¿Cuando está vivo? ¿Qué es la vida?: ¿un sentimiento o una sensación? ¿O la sensación de que sentimos el sentimiento de una sensación?
—No sé por qué me dices estas cosas. Hoy a sido un día duro, ¿no podríamos hablar de otra cosa?
—¿Qué es lo que te preocupa Guillen? Te noto algo confuso.
—Siii. Esa es la palabra; confuso.
—Cuéntame Guillen, confía en mí.
—Veras. No sé por donde empezar. Hoy he tenido un sueño.
—¿Y?
—¿Tú sabes algo del significado de los sueños? Me refiero a si te has preguntado alguna vez por qué soñamos lo que soñamos, si tiene algo que ver con muestro futuro o con nuestro subconsciente.
—¿Me preguntas por el significado de los sueños?
—Si. Eso.
—Preguntar por el significado de los sueños es absurdo. Es tan absurdo como preguntarse por el significado de la vida cuando uno está soñando. Cuando estas viviendo es cuando te tienes que preguntar por el significado de las cosas que te pasan y cuando estas soñando es cuando te tienes que preguntar por el significado de los sueños.
—Ya: Creo que no te entiendo.
—Mira; una vez en Kinshasa un equipo de televisión de la BBC filmo algo insólito. Una leona había dado caza a una hembra de antílope. La leona acababa de perder a su cachorro a manos de las hienas, la hembra de antílope tenía un pequeño cachorro de no mas de dos días. La leona no se lo comió, ni siquiera lo atacó. Estuvo amamantando al cachorro de antílope hasta que al cabo de una semana, aprovechándose que había salido de caza, otras leonas, cazaron y devoraron a su pobre cachorro de antilope, cuando la leona volvió se quedó guardando los restos del pequeño antílope, lo mismo que había hecho con su hijo de verdad.
—Ahá.
—En una ocasión un equipo de biólogos de la universidad de Parma observó y filmo a una abeja, que en vez de entrar a por el néctar de una flor por la copa de la misma, hizo un agujero en la base de la flor y se llevo todo el néctar sin rozar ni siquiera uno de los estambres.
—Ya. Creo que sigo sin entenderlo.
—Mira al suelo. ¿Ves ese hormiguero que tienes ahí?
—Si.
—Fíjate bien. ¿Ves esas hormigas grandes y cabezonas con esas inmensas tenazas?—Si.—Y luego, ¿ves a esas otras más pequeñas y abundantes que están corriendo rápidamente alrededor del hormiguero? Pues mira las grandes y cabezonas son hormigas soldado y las pequeñas son obreras.
—¿Y por qué se están peleando entre ellas? Se están destrozando entre los dos tipos de hormigas. Ahí hay grupos de dos o más obreras que están sujetando a una soldado, y allí hay una soldado a la que le falta el abdomen que esta triturando a una obrera.
—Las hormigas soldado se han revelado, Guillén, ahora quieren atacar a la hormiga reina, en consecuencia se ha producido una guerra civil en el hormiguero.
—¿Hace ruido una hoja al caer si no hay nadie alrededor para oírla?
—¡No me vengas con chorradas orientales, Guillén!, esto es serio.
—Oye mira, todo esto es muy curioso pero no sé adónde...
—No sé por qué la leona pudo reconocer en el otro cachorro la misma esencia que en su hijo. No sé de dónde le vino esa sensibilidad a un animal como el león que es capaz de atacar a otras crías de león. Pero sé que si su ejemplo cunde podría cambiarlo todo para los leones. No sé como un animal como la abeja que lleva más tiempo en la tierra que el hombre y que no ha variado un ápice en miles de millones de años, es capaz un día de pensar que si le hace un agujero a la flor por la base no tiene la necesidad de pringarse de polen para llegar al néctar y además de esta manera es capaz de llevarse todo el néctar y no solo un poco. Pero si esta manera de actuar se generaliza, se terminaría con la polinización y seria algo nefasto para la vida en la tierra, la mayor parte de las plantas no se reproducirían. Es imposible de entender como unas hormigas que tienen el instinto de proteger a la reina por encima de su propia existencia, un día decidan todas a la ved revelarse contra eso y atacar el hormiguero, su hormiguero. Si esto llegara a pasar en todos los hormigueros, los ecosistemas de todo el mundo se romperían. Hay tanta masa de hormigas como de hombres en la tierra, te puedes imaginar.
—Ya te entiendo.
—A finales de los años treinta del pasado siglo, un oscuro escritor de ciencia ficción, que en ese momento se encontraba trabajando en una novela, cayó en la cuenta de que la mejor manera de predecir el futuro estaba en crearlo. Pero tenia que averiguar dónde estaba el vació, así que salio a tomar unas cervezas con un amigo, otro escritor de ciencia ficción llamado Vicent Van Gogh. Después de una noche de borrachera Van Gogh le dijo a su amigo que el vació estaba en el desfase entre la religión y la ciencia, el sentimiento de la fé humana en contraposición con el pujante ascenso de la tecnología. A lo que el escritor le respondió “escribir a centavo por palabra es ridículo. Si un hombre desea realmente ganar un millón de dólares, la mejor manera que tiene de hacerlo es fundando su propia religión". El escritor se llamaba Lafayette Ronald Hubbard y una década más tarde publico su libro Dianimetica y los pocos años creo la marca registrada de la “iglesia de la cineciología”.
Hoy es imposible saber con certeza hasta dónde alcanza el poder de la iglesia de la cienciologia y de sus derivados de marca.
—Pero yo no sé que tiene que ver esto con lo que hablamos.
—Esta mañana un hombre se ha despertado de un sueño y todo había cambiado para él. Esta mañana tú te has levantado, y no has parado de hacerte preguntas. De repente, todo ha perdido su lógica para ti, todo es absurdo y piensas que tiene que ver con algo que has soñado. Piensas que si eres capaz de analizar el sueño completo, piensas que si le encuentras un significado a tu sueño, todo volverá a ser como antes y todo tenga su sitio y todo será normal. Pero y sí quizá es ahora cuando empiezas a verlo claro y si quizá es ahora cuando es normal en tu cabeza y es el mundo el que se te muestra tal y como es. La verdad no esta escrita, así que no la busques, la verdad se esta escribiendo ahora, continuamente, conforme hablamos, la verdad siempre va dos pasos por delante de nosotros. Tú, al igual que las hormigas soldado, que la abeja que no se quiere manchar, que la leona que no quiere matar, que el escritor que quiere crear el futuro para así poder dominarlo, que la mujer que quiere ver a través de todas las cosas, te haces preguntas.Este día ha llegado y no sabes por donde empezar. Realmente no vives hasta que no eres consciente de que estás viviendo, al igual que no sueñas hasta que no eres consciente que estas soñando. La mayoría de la gente, Guillén, termina convirtiendo sus sueños en parte de su vida.
Así el funcionario sueña que está en la oficina y que rellena una quiniela y que no le toca. Pero hay gente que termina haciendo de su vida parte de sus sueños.
Un día conocí a un hombre, se llamaba Elías y estaba buscando algo, una vez tuvo un sueño. Tú has de averiguar dónde está el vació de tu mundo, de la vida, y tienes que recordar tu sueño.
—Porque tú eres la mujer que quiere ver a través de todas las cosas.
—Porque necesito saberlo.
—Pero yo no recuerdo nada de mi sueño, solo la sensación que me ha dejado. Esta sensación totalmente desconocida que me acompaña desde esta mañana.
—¿Y de qué color era tú nada?
—Espera, yo conozco a un tipo que sabe de que color es la nada: Luis Somoza. Es la única persona capaz de poder enseñarte a mirar la nada y además es la única persona que conozco que ha llegado a soñar que es varias personas a la vez.
—¿Y a qué se dedica ese tal Luis?
—Es pintor callejero, vende las pinturas que hace en el suelo de la plaza de San Esteban.
—Enséñamelo!
—Sí. Pero tenemos que ir más tarde, porque ahora es posible que todavía esté borracho.
Escucha: Luis comienza a pintar un dibujo, así, en el suelo, hasta que alguien se lo compra, entonces lo deja y pinta otro. El precio depende del tiempo que está pintando. Cuanto más tiempo pasa sin que nadie le compre el dibujo mas detalles le añade y más sube el precio, corre el riesgo de que el precio llegue a ser tan elevado que nadie se lo compre, en ese caso, según dice, se verá obligado a seguir y a seguir hasta que ya no pueda más porque hizo un pacto con el espíritu de uno de los santos mártires de una de los conventos de la zona, o por lo menos eso es lo que el dice. Pero esto afortunadamente para él aun no ha ocurrido.
—¿Luego qué vende?, ¿los bocetos como hace el artista Christo?
—No. Luego lo que hace es echar sobre la superficie de la pintura una resina de su invención y coloca un papel secante y quita la resina con el papel cuando esta empieza a cuajar. Luego cuando se ha secado completamente, retira el papel secante y queda el cuadro listo para ser colocado en cualquier suelo, de cualquier parte del mundo.
Se ha convertido en una especie de reclamo para el turismo excéntrico de la ciudad y no le va nada mal, el problema es que todo el dinero se lo funde en alcohol y en putas y la resina que fabrica también le sale cara.
Si me fijo mucho podré llegar a descubrir si lo de tus dientes es café con leche, o solo con doble de azúcar y un bombón de esos que ponen para acompañar en algunas cafeterías.
Me llevo a Guillén a una terraza dentro del mismo parque. Se deja llevar por mí, sumiso y complacido, hasta una terraza que hay en el centro de equidistancias del parque, del parque de los jesuitas. Hace un poco de frío en la terraza.
En la terraza hay exactamente medio grado de temperatura menos siempre, es posible que no lo notes pero tu cuerpo seguro que sí.Yo pido un té y tú pides una cerveza. Permanecemos un tiempo en silencio, los dos. Tú me miras de soslayo pero no dices nada. No sabemos muy bien porque estamos aquí, aunque sí intuyo que es aquí donde debemos estar, en el lugar preciso, en el momento exacto y estamos juntos, así que dejo que el tiempo pase, quiero saborear mi infusión con calma.
Ahora me estás mirando con una mirada tan sincera y desvalida que me obligas a recordar mi naturaleza. No puedo evitar que me atrape un profundo sentimiento de lastima, pero no hay tiempo:
—Imagina a un pequeño mamífero, Guillén, algo parecido al hombre pero en pequeño. Imagina un murciélago. Imagina lo que ve un murciélago. ¿Has pensado alguna vez lo que ve un pequeño ser que no tiene tus ojos?, que no capta ningún tipo de luz. Un ser que esta hecho de lo que tu estas hecho, pero que pesa mil veces menos y es capaz de atrapar a una mosca que no ve, en el aire, volando a treinta metros del suelo? ¿Qué es lo que ve un ser que no ve nada y lo ve todo mejor que nadie? ¿Existen las estrellas para un murciélago? ¿Cómo ve la vida que no tiene color ni volumen ni perspectiva?
—No lo sé, nunca me he parado a pensarlo.
—Mira a una hormiga, ella no te ve, pero si mueves el aire de su alrededor y te acercas y cambias la química de su espacio, por pequeño que esto sea, entonces te verá. ¿Pero como?, ¿lo has pensado alguna vez?
—Nunca, me habían interesado esas cosas. Yo: soy una persona normal.
—Las plantas son la mayor parte de la masa orgánica de la tierra, son la vida de la tierra, los demás somos sus parásitos ¿Qué es lo que siente una planta? ¿qué es lo que siente un organismo unicelular?
—La verdad es que hasta el día de hoy no me le había dado importancia pero, ahora que lo dices.
—¿Por qué me mientes, Guillén?
—Yo, no…
—No me des coba o no lo entenderás, tienes que entenderlo Guillen, haz un esfuerzo.
—Yo...
—¡Tú! Hay tortugas que son capaces de saber siempre en que parte del globo se encuentran, ¿cómo siente el magnetismo la tortuga?
—Las tortugas dices…
—¿Qué es lo que siente un niño siendo un feto dentro de su madre? ¿Cuando podemos decir que el feto empieza a sentir? ¿Cuando está vivo? ¿Qué es la vida?: ¿un sentimiento o una sensación? ¿O la sensación de que sentimos el sentimiento de una sensación?
—No sé por qué me dices estas cosas. Hoy a sido un día duro, ¿no podríamos hablar de otra cosa?
—¿Qué es lo que te preocupa Guillen? Te noto algo confuso.
—Siii. Esa es la palabra; confuso.
—Cuéntame Guillen, confía en mí.
—Veras. No sé por donde empezar. Hoy he tenido un sueño.
—¿Y?
—¿Tú sabes algo del significado de los sueños? Me refiero a si te has preguntado alguna vez por qué soñamos lo que soñamos, si tiene algo que ver con muestro futuro o con nuestro subconsciente.
—¿Me preguntas por el significado de los sueños?
—Si. Eso.
—Preguntar por el significado de los sueños es absurdo. Es tan absurdo como preguntarse por el significado de la vida cuando uno está soñando. Cuando estas viviendo es cuando te tienes que preguntar por el significado de las cosas que te pasan y cuando estas soñando es cuando te tienes que preguntar por el significado de los sueños.
—Ya: Creo que no te entiendo.
—Mira; una vez en Kinshasa un equipo de televisión de la BBC filmo algo insólito. Una leona había dado caza a una hembra de antílope. La leona acababa de perder a su cachorro a manos de las hienas, la hembra de antílope tenía un pequeño cachorro de no mas de dos días. La leona no se lo comió, ni siquiera lo atacó. Estuvo amamantando al cachorro de antílope hasta que al cabo de una semana, aprovechándose que había salido de caza, otras leonas, cazaron y devoraron a su pobre cachorro de antilope, cuando la leona volvió se quedó guardando los restos del pequeño antílope, lo mismo que había hecho con su hijo de verdad.
—Ahá.
—En una ocasión un equipo de biólogos de la universidad de Parma observó y filmo a una abeja, que en vez de entrar a por el néctar de una flor por la copa de la misma, hizo un agujero en la base de la flor y se llevo todo el néctar sin rozar ni siquiera uno de los estambres.
—Ya. Creo que sigo sin entenderlo.
—Mira al suelo. ¿Ves ese hormiguero que tienes ahí?
—Si.
—Fíjate bien. ¿Ves esas hormigas grandes y cabezonas con esas inmensas tenazas?—Si.—Y luego, ¿ves a esas otras más pequeñas y abundantes que están corriendo rápidamente alrededor del hormiguero? Pues mira las grandes y cabezonas son hormigas soldado y las pequeñas son obreras.
—¿Y por qué se están peleando entre ellas? Se están destrozando entre los dos tipos de hormigas. Ahí hay grupos de dos o más obreras que están sujetando a una soldado, y allí hay una soldado a la que le falta el abdomen que esta triturando a una obrera.
—Las hormigas soldado se han revelado, Guillén, ahora quieren atacar a la hormiga reina, en consecuencia se ha producido una guerra civil en el hormiguero.
—¿Hace ruido una hoja al caer si no hay nadie alrededor para oírla?
—¡No me vengas con chorradas orientales, Guillén!, esto es serio.
—Oye mira, todo esto es muy curioso pero no sé adónde...
—No sé por qué la leona pudo reconocer en el otro cachorro la misma esencia que en su hijo. No sé de dónde le vino esa sensibilidad a un animal como el león que es capaz de atacar a otras crías de león. Pero sé que si su ejemplo cunde podría cambiarlo todo para los leones. No sé como un animal como la abeja que lleva más tiempo en la tierra que el hombre y que no ha variado un ápice en miles de millones de años, es capaz un día de pensar que si le hace un agujero a la flor por la base no tiene la necesidad de pringarse de polen para llegar al néctar y además de esta manera es capaz de llevarse todo el néctar y no solo un poco. Pero si esta manera de actuar se generaliza, se terminaría con la polinización y seria algo nefasto para la vida en la tierra, la mayor parte de las plantas no se reproducirían. Es imposible de entender como unas hormigas que tienen el instinto de proteger a la reina por encima de su propia existencia, un día decidan todas a la ved revelarse contra eso y atacar el hormiguero, su hormiguero. Si esto llegara a pasar en todos los hormigueros, los ecosistemas de todo el mundo se romperían. Hay tanta masa de hormigas como de hombres en la tierra, te puedes imaginar.
—Ya te entiendo.
—A finales de los años treinta del pasado siglo, un oscuro escritor de ciencia ficción, que en ese momento se encontraba trabajando en una novela, cayó en la cuenta de que la mejor manera de predecir el futuro estaba en crearlo. Pero tenia que averiguar dónde estaba el vació, así que salio a tomar unas cervezas con un amigo, otro escritor de ciencia ficción llamado Vicent Van Gogh. Después de una noche de borrachera Van Gogh le dijo a su amigo que el vació estaba en el desfase entre la religión y la ciencia, el sentimiento de la fé humana en contraposición con el pujante ascenso de la tecnología. A lo que el escritor le respondió “escribir a centavo por palabra es ridículo. Si un hombre desea realmente ganar un millón de dólares, la mejor manera que tiene de hacerlo es fundando su propia religión". El escritor se llamaba Lafayette Ronald Hubbard y una década más tarde publico su libro Dianimetica y los pocos años creo la marca registrada de la “iglesia de la cineciología”.
Hoy es imposible saber con certeza hasta dónde alcanza el poder de la iglesia de la cienciologia y de sus derivados de marca.
—Pero yo no sé que tiene que ver esto con lo que hablamos.
—Esta mañana un hombre se ha despertado de un sueño y todo había cambiado para él. Esta mañana tú te has levantado, y no has parado de hacerte preguntas. De repente, todo ha perdido su lógica para ti, todo es absurdo y piensas que tiene que ver con algo que has soñado. Piensas que si eres capaz de analizar el sueño completo, piensas que si le encuentras un significado a tu sueño, todo volverá a ser como antes y todo tenga su sitio y todo será normal. Pero y sí quizá es ahora cuando empiezas a verlo claro y si quizá es ahora cuando es normal en tu cabeza y es el mundo el que se te muestra tal y como es. La verdad no esta escrita, así que no la busques, la verdad se esta escribiendo ahora, continuamente, conforme hablamos, la verdad siempre va dos pasos por delante de nosotros. Tú, al igual que las hormigas soldado, que la abeja que no se quiere manchar, que la leona que no quiere matar, que el escritor que quiere crear el futuro para así poder dominarlo, que la mujer que quiere ver a través de todas las cosas, te haces preguntas.Este día ha llegado y no sabes por donde empezar. Realmente no vives hasta que no eres consciente de que estás viviendo, al igual que no sueñas hasta que no eres consciente que estas soñando. La mayoría de la gente, Guillén, termina convirtiendo sus sueños en parte de su vida.
Así el funcionario sueña que está en la oficina y que rellena una quiniela y que no le toca. Pero hay gente que termina haciendo de su vida parte de sus sueños.
Un día conocí a un hombre, se llamaba Elías y estaba buscando algo, una vez tuvo un sueño. Tú has de averiguar dónde está el vació de tu mundo, de la vida, y tienes que recordar tu sueño.
—Porque tú eres la mujer que quiere ver a través de todas las cosas.
—Porque necesito saberlo.
—Pero yo no recuerdo nada de mi sueño, solo la sensación que me ha dejado. Esta sensación totalmente desconocida que me acompaña desde esta mañana.
—¿Y de qué color era tú nada?
—Espera, yo conozco a un tipo que sabe de que color es la nada: Luis Somoza. Es la única persona capaz de poder enseñarte a mirar la nada y además es la única persona que conozco que ha llegado a soñar que es varias personas a la vez.
—¿Y a qué se dedica ese tal Luis?
—Es pintor callejero, vende las pinturas que hace en el suelo de la plaza de San Esteban.
—Enséñamelo!
—Sí. Pero tenemos que ir más tarde, porque ahora es posible que todavía esté borracho.
Escucha: Luis comienza a pintar un dibujo, así, en el suelo, hasta que alguien se lo compra, entonces lo deja y pinta otro. El precio depende del tiempo que está pintando. Cuanto más tiempo pasa sin que nadie le compre el dibujo mas detalles le añade y más sube el precio, corre el riesgo de que el precio llegue a ser tan elevado que nadie se lo compre, en ese caso, según dice, se verá obligado a seguir y a seguir hasta que ya no pueda más porque hizo un pacto con el espíritu de uno de los santos mártires de una de los conventos de la zona, o por lo menos eso es lo que el dice. Pero esto afortunadamente para él aun no ha ocurrido.
—¿Luego qué vende?, ¿los bocetos como hace el artista Christo?
—No. Luego lo que hace es echar sobre la superficie de la pintura una resina de su invención y coloca un papel secante y quita la resina con el papel cuando esta empieza a cuajar. Luego cuando se ha secado completamente, retira el papel secante y queda el cuadro listo para ser colocado en cualquier suelo, de cualquier parte del mundo.
Se ha convertido en una especie de reclamo para el turismo excéntrico de la ciudad y no le va nada mal, el problema es que todo el dinero se lo funde en alcohol y en putas y la resina que fabrica también le sale cara.
miércoles, marzo 22, 2006
VIII
Desde que llegara a España dos años antes, Gustav siempre despertaba antes del amanecer.
No lo hacía por trabajo, no debía madrugar tanto. Simplemente despertaba y no necesitaba más. Aquí ya no soñaba, y eso le hacía feliz.
Cada madrugada despertaba con la limpia sensación de haber descansado, y se disponía a esperar el crepúsculo desde su ventana empañada de vaho de café.
El amanecer es aquí tan parecido a la Argentina. Pero aquel día un sueño de lluvia, húmedo y sobado, le tendió raíces de nenúfar y le aprisionó entre las malgastadas sábanas.
Despertó porque el timbrazo del teléfono le rebotó suave en mitad del silencio. Era el dueño. Estaba acostumbrado a encontrar a Gustav siempre puntual y fresco, el primero cada mañana en los dos últimos años. Por eso se sorprendió.
Gustav también se sorprendió. No reconocía la luz difusa y clara entrando por las cortinas, el tibio aire, el sudor goteando en su barbilla. No, no era así la mañana para él. Se miró un instante y no reconoció la imagen que le devolvía el espejo. Se preguntó qué pasaba. Sabía que había soñado durante toda la noche. Se preguntó qué, pero no lo recordaba. Se preguntó porqué.
Lo siguiente que vio Gustav fue a sí mismo tirando cañas en el bar. Hoy había jaleo en el parque. Eso era bueno para el negocio, aunque para él... A él le daba igual.
Hacía un poco de frío en la terraza, pero aún así había gente sentada. Gustav llevaba rato observando a un hombre allí fuera. Parecía hablar con alguien, pero desde aquí no podía con quién. Algo cambió en el aire desde el momento que aquel hombre llegó. Gustav no sabía qué: el aroma, la densidad, la temperatura. Pero por un instante el magnetismo que lo envolvía le devolvió al interior del sueño.
Gustav preguntó a un camarero acodado en la barra a su lado.
—¿Ves aquel hombre de allí afuera? ¿El de la cerveza?
—Sí, ¿qué le pasa?
—¿Ves con quién está sentado? Desde aquí me tapa la columna de las cristaleras.
—No. A mí también me tapa.
—¿No le has atendido tú?
—Pues no. Habrá sido el chico nuevo.
—¿No podrías acercarte a ver con quién está?
—Claro. No tengo otra cosa que hacer...
El camarero dio por terminada la conversación y continuó leyendo el periódico del día.Gustav pensó que sería ridículo salir para comprobar con quién estaba. Ya había dado demasiadas muestras de comportamiento extraño por hoy.Pero a veces parecía que ese hombre estaba hablando solo. Incluso esperaba respuesta de la nada, y la escuchaba. Y perdía la mirada, cada vez más confuso. Le pasaba algo.
Desde una mesa contigua, Carlos habría podido aclarar la identidad del interlocutor con tan sólo volver la vista, pero estaba demasiado ocupado intentando consolar el llanto de su novia, que le recriminaba no implicarse suficiente en su relación.
Gustav decidió evitar volverse paranoico. Regresó al trabajo. Colocó junto al camarero dos pinchos de jeta recién salidos del micro. En ese instante se fijó en la portada del periódico. En la foto. Entonces recordó. Recordó con claridad su sueño. El juego de las arañas. Recordó la abeja, las hormigas, los ojos de aquel hombre pidiendo auxilio. Tenía que advertirle. Tiró el delantal sobre la barra y salió. Pero ya era tarde. Él y su misterioso acompañante, si existía, ya no estaban.“La verdad no está escrita así que no la busques, la verdad se está escribiendo ahora”Guillén pasa una mano por su frente. Parece dubitativo, como si hubiera olvidado la ubicación del lugar al que se dirige. Desorientado, frena en seco y gira sobre sí mismo. A su izquierda encuentra los ojos de una mujer y decide continuar. No está perdido. O sí, pero no porque no encuentre la plaza. No sabe si quiere seguir.La entrada a la plaza de San Esteban está perpetuamente custodiada por grupos de adolescentes vestidos de negro escuchando bandas de rock gótico que versionan éxitos de Nirvana y fuman algo, las bandas y los chavales.
—Hacía mucho tiempo que no te veía, Guillén, viejo amigo.Luis se encontraba en el mismo lugar, pintaba algo. Olía a una especie de almizcle, quizá era la resina. Quizá era el ron. No se volvió a ver a su amigo. Parecía absorto por el dibujo. Como siempre. Tenía el pelo graso, los ojos sedientos, las palabras sucias y las manos manchadas de Manley azul, rojo, verde, indefinido. Como siempre.“¿Y de que color era tu nada?”
—Luis, verás...
—La nada, Guillén, es del color de los ojos que la miran. No es el color de sus pupilas. No es igual para todo el mundo ni es siempre igual para la misma persona. Mi nada antes era azul, se volvió roja, ahora es gris amarillenta. La de la mujer que te acompaña siempre ha sido negra.Luis siguió inclinado sobre el lienzo. No se levantó. Ni siquiera giró para mirarle. Sólo hizo un gesto indicando algo en la pintura. Guillén se arrodilló a su lado para observar el dibujo. Había visto muchas de sus obras pero ésta tenía algo especial. Parecía como si un montón de dibujos se superpusieran unos sobre otros, narrando decenas de historias a la vez, creando una espiral alrededor de un estallido, en el centro. Allí estaba dibujado Guillén. Parecía gritar. En segundo plano, tras él, apoyada en su hombro, una mujer.Luis pensó “Este día ha llegado y no sabes por donde empezar”.
—Llevo mucho tiempo esperando tu visita. Desde que comencé a pintarlo. Puedes comprobarlo. Fíjate en la cantidad de detalles. En las expresiones de los rostros. En cada sombra. Mucho trabajo.
—Luis...
—Tu nada, Guillén, está cambiando.
—¿No sabes de qué color es? ¿No sabes por qué?
—No.
—Y este dibujo... ¿qué significa?
El artista dejó la pintura caer sobre el lienzo. Le miró fijamente, con ojos ebrios:
—Confiaba en que tú me lo explicaras.Guillén se inclinó aún más. Había algo extrañamente familiar en el caos de colores. Pero los iconos, la gente, las historias girando, no conseguía recordarlas. Aún así sabía que todo ese vómito de ideas había estado antes en su cabeza.Luis le miró sin hablar: “Has de averiguar dónde está el vacío de tu mundo, de la vida, y tienes que recordar tu sueño para mí”
—Quizá deberías regresar al punto donde empezó todo.
Oía a Luis, pero seguía perdido entre los trazos de la pintura. Se preguntaba por qué todo era tan familiar y tan distante a la vez. Sus ojos frenéticos recorrían rostros, animales, paisajes, hasta que se detuvieron.
—¿Qué es esto? ¿Este símbolo? Está aquí y aquí, por todo el dibujo. Lo he visto antes. ¿Qué quiere decir?
—Dímelo tú.Entonces sucedió.Un segundo golpe. Se escuchó un fuerte estallido. Gritos. Sirenas. El sonido del pánico.
Cuando era consciente del dolor, lo sentía en todo su cuerpo. Sentía frío y a la vez sentía la tibieza de un fluido sobre su piel. Quizá era sangre. Esperaba que no fuera la suya. Intentó mover el brazo izquierdo, el derecho parecía aprisionado. No respondía. No lo sentía. Ni siquiera sabía si estaba allí. Se desmayó.
No lo hacía por trabajo, no debía madrugar tanto. Simplemente despertaba y no necesitaba más. Aquí ya no soñaba, y eso le hacía feliz.
Cada madrugada despertaba con la limpia sensación de haber descansado, y se disponía a esperar el crepúsculo desde su ventana empañada de vaho de café.
El amanecer es aquí tan parecido a la Argentina. Pero aquel día un sueño de lluvia, húmedo y sobado, le tendió raíces de nenúfar y le aprisionó entre las malgastadas sábanas.
Despertó porque el timbrazo del teléfono le rebotó suave en mitad del silencio. Era el dueño. Estaba acostumbrado a encontrar a Gustav siempre puntual y fresco, el primero cada mañana en los dos últimos años. Por eso se sorprendió.
Gustav también se sorprendió. No reconocía la luz difusa y clara entrando por las cortinas, el tibio aire, el sudor goteando en su barbilla. No, no era así la mañana para él. Se miró un instante y no reconoció la imagen que le devolvía el espejo. Se preguntó qué pasaba. Sabía que había soñado durante toda la noche. Se preguntó qué, pero no lo recordaba. Se preguntó porqué.
Lo siguiente que vio Gustav fue a sí mismo tirando cañas en el bar. Hoy había jaleo en el parque. Eso era bueno para el negocio, aunque para él... A él le daba igual.
Hacía un poco de frío en la terraza, pero aún así había gente sentada. Gustav llevaba rato observando a un hombre allí fuera. Parecía hablar con alguien, pero desde aquí no podía con quién. Algo cambió en el aire desde el momento que aquel hombre llegó. Gustav no sabía qué: el aroma, la densidad, la temperatura. Pero por un instante el magnetismo que lo envolvía le devolvió al interior del sueño.
Gustav preguntó a un camarero acodado en la barra a su lado.
—¿Ves aquel hombre de allí afuera? ¿El de la cerveza?
—Sí, ¿qué le pasa?
—¿Ves con quién está sentado? Desde aquí me tapa la columna de las cristaleras.
—No. A mí también me tapa.
—¿No le has atendido tú?
—Pues no. Habrá sido el chico nuevo.
—¿No podrías acercarte a ver con quién está?
—Claro. No tengo otra cosa que hacer...
El camarero dio por terminada la conversación y continuó leyendo el periódico del día.Gustav pensó que sería ridículo salir para comprobar con quién estaba. Ya había dado demasiadas muestras de comportamiento extraño por hoy.Pero a veces parecía que ese hombre estaba hablando solo. Incluso esperaba respuesta de la nada, y la escuchaba. Y perdía la mirada, cada vez más confuso. Le pasaba algo.
Desde una mesa contigua, Carlos habría podido aclarar la identidad del interlocutor con tan sólo volver la vista, pero estaba demasiado ocupado intentando consolar el llanto de su novia, que le recriminaba no implicarse suficiente en su relación.
Gustav decidió evitar volverse paranoico. Regresó al trabajo. Colocó junto al camarero dos pinchos de jeta recién salidos del micro. En ese instante se fijó en la portada del periódico. En la foto. Entonces recordó. Recordó con claridad su sueño. El juego de las arañas. Recordó la abeja, las hormigas, los ojos de aquel hombre pidiendo auxilio. Tenía que advertirle. Tiró el delantal sobre la barra y salió. Pero ya era tarde. Él y su misterioso acompañante, si existía, ya no estaban.“La verdad no está escrita así que no la busques, la verdad se está escribiendo ahora”Guillén pasa una mano por su frente. Parece dubitativo, como si hubiera olvidado la ubicación del lugar al que se dirige. Desorientado, frena en seco y gira sobre sí mismo. A su izquierda encuentra los ojos de una mujer y decide continuar. No está perdido. O sí, pero no porque no encuentre la plaza. No sabe si quiere seguir.La entrada a la plaza de San Esteban está perpetuamente custodiada por grupos de adolescentes vestidos de negro escuchando bandas de rock gótico que versionan éxitos de Nirvana y fuman algo, las bandas y los chavales.
—Hacía mucho tiempo que no te veía, Guillén, viejo amigo.Luis se encontraba en el mismo lugar, pintaba algo. Olía a una especie de almizcle, quizá era la resina. Quizá era el ron. No se volvió a ver a su amigo. Parecía absorto por el dibujo. Como siempre. Tenía el pelo graso, los ojos sedientos, las palabras sucias y las manos manchadas de Manley azul, rojo, verde, indefinido. Como siempre.“¿Y de que color era tu nada?”
—Luis, verás...
—La nada, Guillén, es del color de los ojos que la miran. No es el color de sus pupilas. No es igual para todo el mundo ni es siempre igual para la misma persona. Mi nada antes era azul, se volvió roja, ahora es gris amarillenta. La de la mujer que te acompaña siempre ha sido negra.Luis siguió inclinado sobre el lienzo. No se levantó. Ni siquiera giró para mirarle. Sólo hizo un gesto indicando algo en la pintura. Guillén se arrodilló a su lado para observar el dibujo. Había visto muchas de sus obras pero ésta tenía algo especial. Parecía como si un montón de dibujos se superpusieran unos sobre otros, narrando decenas de historias a la vez, creando una espiral alrededor de un estallido, en el centro. Allí estaba dibujado Guillén. Parecía gritar. En segundo plano, tras él, apoyada en su hombro, una mujer.Luis pensó “Este día ha llegado y no sabes por donde empezar”.
—Llevo mucho tiempo esperando tu visita. Desde que comencé a pintarlo. Puedes comprobarlo. Fíjate en la cantidad de detalles. En las expresiones de los rostros. En cada sombra. Mucho trabajo.
—Luis...
—Tu nada, Guillén, está cambiando.
—¿No sabes de qué color es? ¿No sabes por qué?
—No.
—Y este dibujo... ¿qué significa?
El artista dejó la pintura caer sobre el lienzo. Le miró fijamente, con ojos ebrios:
—Confiaba en que tú me lo explicaras.Guillén se inclinó aún más. Había algo extrañamente familiar en el caos de colores. Pero los iconos, la gente, las historias girando, no conseguía recordarlas. Aún así sabía que todo ese vómito de ideas había estado antes en su cabeza.Luis le miró sin hablar: “Has de averiguar dónde está el vacío de tu mundo, de la vida, y tienes que recordar tu sueño para mí”
—Quizá deberías regresar al punto donde empezó todo.
Oía a Luis, pero seguía perdido entre los trazos de la pintura. Se preguntaba por qué todo era tan familiar y tan distante a la vez. Sus ojos frenéticos recorrían rostros, animales, paisajes, hasta que se detuvieron.
—¿Qué es esto? ¿Este símbolo? Está aquí y aquí, por todo el dibujo. Lo he visto antes. ¿Qué quiere decir?
—Dímelo tú.Entonces sucedió.Un segundo golpe. Se escuchó un fuerte estallido. Gritos. Sirenas. El sonido del pánico.
Cuando era consciente del dolor, lo sentía en todo su cuerpo. Sentía frío y a la vez sentía la tibieza de un fluido sobre su piel. Quizá era sangre. Esperaba que no fuera la suya. Intentó mover el brazo izquierdo, el derecho parecía aprisionado. No respondía. No lo sentía. Ni siquiera sabía si estaba allí. Se desmayó.
martes, marzo 21, 2006
IX
Una mujer le hablaba.
—Hola, ¿se encuentra bien? ¿Puede oírme?
—Oírte sí. Pero no te veo— Sabía que tenía los ojos abiertos pero era como si una espesa neblina le impidiera ver nada. Intentó hablar, no lo consiguió. Intentó apartar la cortina lechosa que le impedía ver. Abrió y cerró los ojos. Seguía allí, inundando todo de luz, arrebatando formas, nitidez. Algo brillaba cerca de sus ojos. —Concéntrate en ello, Guillén. Concéntrate en verlo—.
Brillaba. Como plata o como oro. Sí, era plata. Era un colgante en el cuello de la mujer que le había hablado. ¿Qué era? Era un símbolo...
Cuando despertó por segunda vez, sólo le cegaba la luz del sol. Sentía el calor sobre el rostro. Sentía todo su cuerpo. No había dolor.
Se incorporó. Estaba en una playa, en alguna playa desierta y cálida donde no había estado nunca. Estaba solo. No había a su alrededor más que silencio.
Se apoyó en la arena para levantarse y la arena le quemó. Pero no como debería quemar la arena, ésta le quemó de verdad, como si fuera arena hirviendo. Retiró la mano, entumecida. Miró la arena y vio dibujado el símbolo. Miró su mano. Allí se había quedado grabado. Aquel símbolo...
—Hola, ¿se encuentra bien? ¿Puede oírme?
—Oírte sí. Pero no te veo— Sabía que tenía los ojos abiertos pero era como si una espesa neblina le impidiera ver nada. Intentó hablar, no lo consiguió. Intentó apartar la cortina lechosa que le impedía ver. Abrió y cerró los ojos. Seguía allí, inundando todo de luz, arrebatando formas, nitidez. Algo brillaba cerca de sus ojos. —Concéntrate en ello, Guillén. Concéntrate en verlo—.
Brillaba. Como plata o como oro. Sí, era plata. Era un colgante en el cuello de la mujer que le había hablado. ¿Qué era? Era un símbolo...
Cuando despertó por segunda vez, sólo le cegaba la luz del sol. Sentía el calor sobre el rostro. Sentía todo su cuerpo. No había dolor.
Se incorporó. Estaba en una playa, en alguna playa desierta y cálida donde no había estado nunca. Estaba solo. No había a su alrededor más que silencio.
Se apoyó en la arena para levantarse y la arena le quemó. Pero no como debería quemar la arena, ésta le quemó de verdad, como si fuera arena hirviendo. Retiró la mano, entumecida. Miró la arena y vio dibujado el símbolo. Miró su mano. Allí se había quedado grabado. Aquel símbolo...
lunes, marzo 20, 2006
Confesiones de Guillén I
Tengo tantas ganas de seguir...
El agujero de gusano me succiona y nadie atiende un grito cuando sólo es una mancha de tinta en el aire.
Cesa el ritmo y ya no sé lo que busco.
La verdad se está escribiendo ahora.
La verdad me está escribiendo ahora.
El agujero de gusano me succiona y nadie atiende un grito cuando sólo es una mancha de tinta en el aire.
Cesa el ritmo y ya no sé lo que busco.
La verdad se está escribiendo ahora.
La verdad me está escribiendo ahora.
domingo, marzo 19, 2006
X
¿Hasta qué punto, de qué manera, afecta el sueño, transmite su caos, sobre la vida real? Ariadna apoya la frente sobre el cristal, ese frío le ayuda a conectar con la realidad. «Tienes que despertarte». Abajo ve los edificios. Casas y calles y gente que se sube el cuello del abrigo. Echa vaho sobre el cristal y dibuja con el dedo. «Estoy dormida». Espera mientras oye subir el café en el fuego. Dibuja un cuadrado, un triángulo, después un símbolo. Sirve el café y se va al baño. Se deshace del sujetador y entra en la ducha. «Tendré que ir en taxi. El hospital está muy lejos para ir tan temprano. Espero que haya pasado buena noche».
El último rastro del sueño eran tres golpes y con el último, un sonido de madera que se rompe, consiguió salir de la habitación del sueño. Una habitación con una estantería en el centro, casi de lado a lado, una cama, una mesa, una cabina telefónica vieja en el rincón, un gran proyector de video y una rampa, algo así como un tobogán por el que salir del sueño. La habitación no tenía puerta. No había un lugar desde el que entrar. Para entrar sólo tenías que querer estar allí.
Pero hace otro esfuerzo, quiere dejar de pensar en eso para poder agarrarse a la realidad. «Tengo que poner la radio». Da igual cuales sean las noticias, casi siempre son estúpidas. Solo quiere oír algo que proponga un tema, agarrarse a un pensamiento externo.
Guillén estaba sentado al borde de la cama, con la mano apoyada en el gotero, callado y pensando. Había pasado buena noche, le dijeron las enfermeras, pero esta mañana estaba desorientado. El médico le había visto y había pedido un TAC, para descartar posibles lesiones.
—Hola Guillén.
—Buenos días.
—Qué tal has pasado la noche.
—Bien, de noche he soñado.
—Hombre, eso no es malo.
—No lo es. Pero es confuso. No guardo un recuerdo de los sueño, en cambio sí guardo las sensaciones.
—Descansa y ten paciencia—, y él vuelve a callarse.Cuelga el bolso y el abrigo detrás de la puerta de la habitación y se apoya en la cama, alta, junto a él.
—No sé qué decirte— le dice ella.
—Qué vas a decir.
El último rastro del sueño eran tres golpes y con el último, un sonido de madera que se rompe, consiguió salir de la habitación del sueño. Una habitación con una estantería en el centro, casi de lado a lado, una cama, una mesa, una cabina telefónica vieja en el rincón, un gran proyector de video y una rampa, algo así como un tobogán por el que salir del sueño. La habitación no tenía puerta. No había un lugar desde el que entrar. Para entrar sólo tenías que querer estar allí.
Pero hace otro esfuerzo, quiere dejar de pensar en eso para poder agarrarse a la realidad. «Tengo que poner la radio». Da igual cuales sean las noticias, casi siempre son estúpidas. Solo quiere oír algo que proponga un tema, agarrarse a un pensamiento externo.
Guillén estaba sentado al borde de la cama, con la mano apoyada en el gotero, callado y pensando. Había pasado buena noche, le dijeron las enfermeras, pero esta mañana estaba desorientado. El médico le había visto y había pedido un TAC, para descartar posibles lesiones.
—Hola Guillén.
—Buenos días.
—Qué tal has pasado la noche.
—Bien, de noche he soñado.
—Hombre, eso no es malo.
—No lo es. Pero es confuso. No guardo un recuerdo de los sueño, en cambio sí guardo las sensaciones.
—Descansa y ten paciencia—, y él vuelve a callarse.Cuelga el bolso y el abrigo detrás de la puerta de la habitación y se apoya en la cama, alta, junto a él.
—No sé qué decirte— le dice ella.
—Qué vas a decir.
sábado, marzo 18, 2006
XI
Kilos y kilos de arena. Partir una roca en mil pedazos y esparcir de nuevo cada terrón de arcilla. Una biocenosis de cuerpos diminutos. Millones y millones de granos de arena. Células de la desintegración de una víctima de Arpía. Un lugar cualquiera y una playa. El paisaje de la infancia de alguien.
Inmanol lo recorre con la mirada como si lo reconociera. Espera paciente. Juega con la arena templada entre los dedos, se lanza puñados sobre los zapatos.
Ella llega y se sienta a su lado.
—Cómo han pasado los años, no te imaginaba así, ya creí que no me recordarías— Fue el amor de su juventud. Se preguntó si ella lo sabría. Ella sabía tantas cosas…
—¿Has venido por el camino de las abejas?— Una de esas frases sin sentido para lanzar el anzuelo, enganchar a Inmanol y arrastrarlo hasta la realidad.
—Ponme el ancla, no vaya a escaparme de nuevo— Ríen.
Nada que decir. El silencio es más denso que la arena. Al menos pesa más.
Entre los dedos de ella parece maleable. Dibuja algo en el suelo. Como si se equivocara lanza arena por encima. La aplasta con cuidado con la palma de la mano y vuelve a dibujar con un dedo. Repite una y otra vez el mismo símbolo. Pero al terminar siempre chasquea la lengua con un quejido. Como si le faltara una pieza.
El infinito del azul del mar se une al del cielo. No hace frío. No hay niebla.
De repente ella sujeta el brazo de Inmanol con asombrosa fuerza. Al contacto con sus dedos la piel del hombre se abrasa, ya siente las llagas.
—¿Viniste o no por el camino de las abejas?
Inmanol lo recorre con la mirada como si lo reconociera. Espera paciente. Juega con la arena templada entre los dedos, se lanza puñados sobre los zapatos.
Ella llega y se sienta a su lado.
—Cómo han pasado los años, no te imaginaba así, ya creí que no me recordarías— Fue el amor de su juventud. Se preguntó si ella lo sabría. Ella sabía tantas cosas…
—¿Has venido por el camino de las abejas?— Una de esas frases sin sentido para lanzar el anzuelo, enganchar a Inmanol y arrastrarlo hasta la realidad.
—Ponme el ancla, no vaya a escaparme de nuevo— Ríen.
Nada que decir. El silencio es más denso que la arena. Al menos pesa más.
Entre los dedos de ella parece maleable. Dibuja algo en el suelo. Como si se equivocara lanza arena por encima. La aplasta con cuidado con la palma de la mano y vuelve a dibujar con un dedo. Repite una y otra vez el mismo símbolo. Pero al terminar siempre chasquea la lengua con un quejido. Como si le faltara una pieza.
El infinito del azul del mar se une al del cielo. No hace frío. No hay niebla.
De repente ella sujeta el brazo de Inmanol con asombrosa fuerza. Al contacto con sus dedos la piel del hombre se abrasa, ya siente las llagas.
—¿Viniste o no por el camino de las abejas?
viernes, marzo 17, 2006
XII
—Nunca aparezco yo, ¿verdad?Guillén sigue mirando por la ventana. La vista no es muy buena, apenas el parking del hospital y esos jardines que hay a la entrada, qué iluso quien pensara que con cuatro sauces se animaría a cinco plantas de enfermos, pero ha nevado.—¿A qué te refieres?—En tus…episodios- Ariadna encuentra un término suficientemente ambiguo para definirlo-.Yo también sueño pero nunca me preguntas. No te interesas ya.—No son sueños, son vivencias, sensaciones…No elijo qué ver, no expresan deseos ni…—Pero siempre aparece ella.“Y ahora qué quieres que diga. Siempre la misma discusión. Quieres que te diga que entiendo lo que pasa y que no tienes de qué preocuparte. Y es lo único que no puedo decirte”Ella no le mira. Se limita a ver caer de una en una las gotas del líquido anclado en el gotero que él arrastra por la habitación. Guillén apoya su mano en la ventana. Posa la frente sobre el cristal. Le llega algo del frío del blanco que cubre las aceras y eso le relaja. “Cierra los ojos, Guillén-se dice-. No pienses ahora en nada. Ahora en nada”.El vidrio debe haber cambiado de papel. No siente el frío cristal sino una cálida sensación en aumento. Se desprende de él intentando encontrar la explicación. Sin querer deposita su aliento sobre la ventana y la mancha de vapor le devuelve una imagen más difusa y un dibujo, aquel símbolo.“Está pasando otra vez”
jueves, marzo 16, 2006
XIII
En el pasillo de la planta cuarta donde se encuentra Guillén, Lenny Kravitz quiere escaparse volando. El deseo es el mismo que el de la enfermera, que inventa palabras en inglés mientras le hace los coros balanceándose arriba y abajo, con cuidado de no tirar al suelo el MP3.Aún así pudo oír los gritos de Ariadna pidiendo ayuda. Alguien se acerca por el otro pasillo, entra en la habitación y se asoma por la puerta.—Está entrando en crisis. El carro de paradas.Finalmente Lenny Crawitz cae al suelo aullando y se parte la pantalla del reproductor. Mierda.Cuando llega no hay mucho que hacer, el paciente, tras una serie de incontrolables convulsiones, ha vuelto a entrar en coma. Mierda.
El paciente de la habitación 227, dos pisos por debajo de Guillén, a la izquierda, despertó en ese preciso momento del sueño más extraño de su vida.Murió durante tres minutos y medio, aunque nunca lo sabría, como tampoco se darían cuenta sus enfermeras. A pesar de ello, a él le pareció haber estado entregado a un sueño de horas.Recordaba el paisaje. La recordaba a ella.Sintió náuseas cuando recordó su mano quemándole la piel. Y aún podía verle a él, al hombre joven, acercándose a ellos desorientado, aún con la bata de hospital puesta y un gotero que arrastrar.
El paciente de la habitación 227, dos pisos por debajo de Guillén, a la izquierda, despertó en ese preciso momento del sueño más extraño de su vida.Murió durante tres minutos y medio, aunque nunca lo sabría, como tampoco se darían cuenta sus enfermeras. A pesar de ello, a él le pareció haber estado entregado a un sueño de horas.Recordaba el paisaje. La recordaba a ella.Sintió náuseas cuando recordó su mano quemándole la piel. Y aún podía verle a él, al hombre joven, acercándose a ellos desorientado, aún con la bata de hospital puesta y un gotero que arrastrar.
miércoles, marzo 15, 2006
XIV
Ariadna, sentada sobre la cama ve como Guillén de agita. Se mueve por un sueño que está demasiado lejos de ella, ahí al lado. Busca en el movimiento de los ojos que tiemblan bajo los párpados. Le toca la frente. Le besa. Ahora que está dormido, ahora que él no sabe que le besan.
Guillén y Ariadna vivieron juntos mucho tiempo, pero hace aproximadamente un año algo pasó. No era otra mujer, era algo más difícil de superar, porque no lo entendía. No entendía como se fue despertando cada vez más huraño, más lejano más retraído. Y el caso es que él le aseguraba que estaba bien, que todo seguía igual que siempre. Estaba como distraído, nada más.
Él no se acostaba con otra. Ella sí, estaba teniendo un lío con un tipo que había conocido de manera casual y que no significaba más que un divertimento. Guillén por supuesto no lo sabría nunca. Pero esa duda produjo en ella una crisis que, unida a la desgana de su vida juntos, les había llevado a un punto sin retorno. Se lo anunció mientras cenaban, que algo no estaba funcionando. Que se marchaba a vivir con Alicia a finales de semana. El día anterior había anunciado a su amante ocasional que dejarían de verse y así fue.
Pero siguió pasando a ver a Guillén, que cada día le preocupaba más. Mantuvo las llaves de la casa y no entendió nada cuando poco tiempo después él volvió a ser como había sido siempre. Como si todo hubiera sido un mal sueño. Ariadna no sabía a qué podía deberse, barajó la posibilidad de que Guillén supiese lo suyo con el otro tipo, pero esa idea pasó, se le olvidó. Siguió viviendo con Alicia y quedando cada cierto tiempo con él. Manteniendo el contacto. Siempre tenían cosas de las que hablar o con las que reírse. Así que se vieron doce o quince veces durante ese año que pasó entre el día en que Guillén volvió a ser él mismo y la mañana en despertó y algo distinto e irreconocible le había pasado al aire.
Unas horas después algún amigo común la llamó por teléfono para decirle que había habido un estallido, que algo había pasado que Guillén estaba en el hospital.
Guillén y Ariadna vivieron juntos mucho tiempo, pero hace aproximadamente un año algo pasó. No era otra mujer, era algo más difícil de superar, porque no lo entendía. No entendía como se fue despertando cada vez más huraño, más lejano más retraído. Y el caso es que él le aseguraba que estaba bien, que todo seguía igual que siempre. Estaba como distraído, nada más.
Él no se acostaba con otra. Ella sí, estaba teniendo un lío con un tipo que había conocido de manera casual y que no significaba más que un divertimento. Guillén por supuesto no lo sabría nunca. Pero esa duda produjo en ella una crisis que, unida a la desgana de su vida juntos, les había llevado a un punto sin retorno. Se lo anunció mientras cenaban, que algo no estaba funcionando. Que se marchaba a vivir con Alicia a finales de semana. El día anterior había anunciado a su amante ocasional que dejarían de verse y así fue.
Pero siguió pasando a ver a Guillén, que cada día le preocupaba más. Mantuvo las llaves de la casa y no entendió nada cuando poco tiempo después él volvió a ser como había sido siempre. Como si todo hubiera sido un mal sueño. Ariadna no sabía a qué podía deberse, barajó la posibilidad de que Guillén supiese lo suyo con el otro tipo, pero esa idea pasó, se le olvidó. Siguió viviendo con Alicia y quedando cada cierto tiempo con él. Manteniendo el contacto. Siempre tenían cosas de las que hablar o con las que reírse. Así que se vieron doce o quince veces durante ese año que pasó entre el día en que Guillén volvió a ser él mismo y la mañana en despertó y algo distinto e irreconocible le había pasado al aire.
Unas horas después algún amigo común la llamó por teléfono para decirle que había habido un estallido, que algo había pasado que Guillén estaba en el hospital.
martes, marzo 14, 2006
XV
La vida en un hospital pasa demasiado deprisa para nadie.
Las enfermeras son seres de una dimensión paralela.
La pintura, la luz, el agua, la temperatura, el olor, el ambiente. En líneas generales, todo está diseñado para que te odies a ti mismo,
para que sientas asco de tu propia vida.
Guillen toma notas.
No sabe cuánto tiempo lleva metido en el hospital, tiene miedo de preguntarlo, tiene miedo de preguntar lo que le pasa. Actúa como si de verdad lo supiera. El sospecha que los demás también, pero tiene demasiado miedo, hace mucho tiempo que nadie viene a visitarlo. Ya ni se acuerda de cuando fué la última vez.
A veces viene ella, eso le alegra, hablan de todo un poco. Ya no hablan de sus sueños, hace tiempo que no sueña, bueno, sí, lo hace pero son sueños normales, sobre su vida en el hospital, las pruebas que le hacen, el trabajo, fantasías eróticas y cosas por el estilo. Ella se ríe, el se siente persona a su lado. Luego ella se marcha y vuelve el asco y la sensación de impotencia. Quien no ha estado viviendo aquí no lo puede entender.
Hoy es viernes, Guillen hace una última anotación en su cuaderno de notas, la temperatura es de veintitrés grados, en la tv se acerca la amenaza de un nuevo telediario. Guillen no quiere ver las noticias.
A veces la sensación regresa y todo tiene sentido, es solo que hemos estado buscando en el agujero equivocado.
Volveré para quemar este hospital cuando todo esto termine.
Después de tanto tiempo sin movimiento se hace difícil cualquier esfuerzo, quizá es que está drogado, que lo han estado dopando eso es seguro, y que la ropa que había en el armario no es suya también. No nos vamos a quedar para averiguarlo.
Cuando nada de lo que te ocurre tiene sentido, cuando absolutamente nada de lo que te pasa tiene ningún sentido entonces es cuando todo tiene sentido.
Simplemente el mundo no se pone de acuerdo para joderle la vida a uno. Hay una razón,
Una razón para el parque, hay una razón para la explosión, hay una razón para la pintura de Luis, una razón para el hospital, para la enfermera a la que no le importa que él nunca sepa su nombre. Pero ahora se lo va a tener que decir porque hay una razón. Porque él sabe que hay una razón,
por eso no entiende su miedo.
-¿Qué haces aquí? ¿Por dónde has entrado? -
Demasiado tópico, parece sacado del guion de una serie de televisión.
-Eso es lo que quiero saber.
Eso y cómo te llamas-
Las enfermeras son seres de una dimensión paralela.
La pintura, la luz, el agua, la temperatura, el olor, el ambiente. En líneas generales, todo está diseñado para que te odies a ti mismo,
para que sientas asco de tu propia vida.
Guillen toma notas.
No sabe cuánto tiempo lleva metido en el hospital, tiene miedo de preguntarlo, tiene miedo de preguntar lo que le pasa. Actúa como si de verdad lo supiera. El sospecha que los demás también, pero tiene demasiado miedo, hace mucho tiempo que nadie viene a visitarlo. Ya ni se acuerda de cuando fué la última vez.
A veces viene ella, eso le alegra, hablan de todo un poco. Ya no hablan de sus sueños, hace tiempo que no sueña, bueno, sí, lo hace pero son sueños normales, sobre su vida en el hospital, las pruebas que le hacen, el trabajo, fantasías eróticas y cosas por el estilo. Ella se ríe, el se siente persona a su lado. Luego ella se marcha y vuelve el asco y la sensación de impotencia. Quien no ha estado viviendo aquí no lo puede entender.
Hoy es viernes, Guillen hace una última anotación en su cuaderno de notas, la temperatura es de veintitrés grados, en la tv se acerca la amenaza de un nuevo telediario. Guillen no quiere ver las noticias.
A veces la sensación regresa y todo tiene sentido, es solo que hemos estado buscando en el agujero equivocado.
Volveré para quemar este hospital cuando todo esto termine.
Después de tanto tiempo sin movimiento se hace difícil cualquier esfuerzo, quizá es que está drogado, que lo han estado dopando eso es seguro, y que la ropa que había en el armario no es suya también. No nos vamos a quedar para averiguarlo.
Cuando nada de lo que te ocurre tiene sentido, cuando absolutamente nada de lo que te pasa tiene ningún sentido entonces es cuando todo tiene sentido.
Simplemente el mundo no se pone de acuerdo para joderle la vida a uno. Hay una razón,
Una razón para el parque, hay una razón para la explosión, hay una razón para la pintura de Luis, una razón para el hospital, para la enfermera a la que no le importa que él nunca sepa su nombre. Pero ahora se lo va a tener que decir porque hay una razón. Porque él sabe que hay una razón,
por eso no entiende su miedo.
-¿Qué haces aquí? ¿Por dónde has entrado? -
Demasiado tópico, parece sacado del guion de una serie de televisión.
-Eso es lo que quiero saber.
Eso y cómo te llamas-
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